miércoles, 11 de marzo de 2009

Las profecías de Lester Brown

Por: Pablo Correa El capitalismo se puede desbaratar por no confesar la “verdad ecológica”, el planeta colapsar y la civilización extinguirse. ¿Cuánto tiempo tenemos para corregir el rumbo? ¿Años? ¿Décadas? Nadie lo sabe. La energía eólica puede llegar a sustituir el petróleo importado en muchos países, según Lester Brown. La serenidad en la voz de Lester Brown cuando dice que nuestra civilización corre el riesgo de extinguirse resulta perturbadora. No es la voz de un fanático. Tampoco la de un excéntrico. Es la voz del analista que hace ya casi tres décadas predijo gran parte de los problemas ambientales que hoy son noticia. El Washington Post lo considera uno de los pensadores más influyentes del mundo y el martes pasado estuvo en Colombia. En el Club El Nogal de Bogotá, ante un reducido auditorio de estudiantes, investigadores y políticos dibujó dos posibles escenarios que nos esperan en el futuro. Uno, pesimista, es el resultado de continuar con el modelo económico actual. El otro, optimista, nace de dar un timonazo y hacer un esfuerzo por poner freno a un modelo de desarrollo a todas luces insostenible. Panorama desolador Brown, en entrevista exclusiva con El Espectador, dijo que cuando los historiadores escriban sobre esta época tendrán que hacer la distinción entre antes y después de la era del petróleo. Haber confiado el desarrollo de nuestras economías a la explotación de los hidrocarburos nos condujo a un acelerado progreso, pero a un deterioro igualmente rápido de los recursos naturales. “No sabemos dónde está el punto de no retorno”, explica Brown. Dice que puede comenzar con el deshielo de la capa que cubre Groenlandia provocando un aumento en el nivel del mar de hasta ocho metros que arrase con ciudades costeras en todo el mundo y provoque el desplazamiento de millones de personas. O, puede comenzar cuando la tala de árboles en el Amazonas llegue a un punto crítico en el que la selva sucumba ante los incendios forestales. Lo cierto es que hemos “acelerado el reloj de la extinción” y “todo depende del punto de quiebre. Pero no será un proceso agradable. La gente desesperada hace cosas desesperadas”. Con unas cuantas cifras Brown convence a su interlocutor de la realidad del barranco que le espera a la humanidad por este camino: se estima que la demanda global en 1999 excedió la capacidad de regeneración del planeta en un 20%; con la escasez del petróleo y el repunte de los biocombustibles, 800 millones de vehículos competirán por los recursos alimentarios con 1.200 millones de personas que viven con menos de un dólar al día; si el papel usado por los chinos en 2031 alcanza el consumo actual de los norteamericanos, serán consumidas 305 millones de toneladas de papel, en pocas palabras, ¡adiós bosques!; las especies están desapareciendo a una velocidad mil veces más rápida que aquella a la que las especies evolucionan. En el libro Plan B 2.0, cuya traducción al español fue presentada esta semana (Editorial Universidad El Rosario), hace un inventario detallado del mundo que la generación actual le heredará a la siguiente: poca agua, pocos bosques, casi ningún nevado, millones de hectáreas de desierto, tormentas más fuertes, escasez de peces. Brown cree que, por primera vez en la historia, se está provocando una fractura generacional de la misma manera que se han producido fragmentaciones religiosas, étnicas o políticas: “La próxima generación preguntará por qué no hicieron nada, por qué no trataron de estabilizar el clima. Sería algo doloroso para la sociedad”. Síntomas de optimismo Pero los que conocieron el pesimismo de Brown hoy dicen que se está convirtiendo en alguien optimista. Él dice que su meta es ser “realista”. Desde la presidencia del Earth Policy Institute, una organización sin ánimo de lucro dedicada a la investigación, promueve la idea de una nueva economía (“Plan B”) que apunta a la estabilización de la población del planeta, la erradicación de la pobreza y un presupuesto anual para restaurar el planeta. La idea de dar vuelta a la economía del mundo parece lejana a muchos. Una tarea de varias décadas. Pero Brown contradice esa hipótesis recordando cómo el presidente Franklin D. Roosevelt, tras el ataque de los japoneses a Pearl Harbor, llamó a todos los líderes de la industria automotriz para pedirles que dedicaran todos sus esfuerzos en la fabricación de armas. Roosevelt quería 45.000 tanques, 7.000 barcos y 20.000 baterías de artillería. Cifras que nadie había escuchado antes. Los industriales no creyeron que eso fuera posible, pero Roosevelt les dijo que no habían entendido, que fabricarían esas armas porque no harían más vehículos. En unos pocos meses las metas se habían sobrepasado. “Lo excitante es que estamos comenzando a ver cómo podemos reducir las emisiones de carbono y la concentración atmosférica de CO2”, comenta Brown. “Hace apenas unos pocos años comenzaron a aparecer alternativas tremendas de energías renovables, en una escala que no habíamos visto”. En su conferencia mencionó el caso del estado de Texas, que por décadas ha sido el líder de producción de petróleo y ahora tiene en operación, en construcción o en etapa de plan, granjas de energía eólica para producir 4.500 megavatios. Cuando estos proyectos se concreten, Texas podrá suministrar electricidad a 24 millones de personas. Los ejemplos en otros campos son abundantes. Corea del Sur reforestó 65% de sus tierras áridas, Estados Unidos redujo la erosión del suelo en un 40%, el 35% de los viajes dentro de una ciudad como Amsterdam se hacen en bicicleta. La tecnología actual permite resolver casi cualquiera de los problemas que enfrentamos. “El desafío es construir una nueva economía y hacerlo a una velocidad de tiempos de guerra, antes de que perdamos los plazos dados por la naturaleza”, escribió Brown en su libro.

lunes, 23 de febrero de 2009

Que Viva La Revolución

Cuando el Presidente Obama habló en su discurso de toma de posesión sobre el cambio climático y el uso de la energía en el futuro, fue difícil que alguien como yo no se emocionara. La esperanza, por fin, brilla en Washington. Dicha esperanza tiene muchas facetas. La más cercana a mi corazón es el deseo del nuevo Presidente de movilizar la energía limpia para combatir tres de las mayores amenazas que enfrenta la civilización moderna, todas al mismo tiempo: la crisis financiera actual, la crisis climática en curso y la inminente crisis energética global.
“Cada día vemos mayor evidencia de que las formas como utilizamos la energía fortalecen a nuestros adversarios y amenazan a nuestro planeta”, dijo Obama. Se requerirán medidas atrevidas: un rediseño total de las economías. “Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde”, dijo, y entre los asuntos más importantes en la agenda de este renacimiento, éste: “Aprovecharemos el sol y los vientos y la tierra para mover nuestros automóviles y hacer funcionar nuestras fábricas”.
Veamos lo que significan estas palabras para alguien con un recorrido como el mío. En mi juventud me cautivó la geología, por lo que me sumergí en el estudio de los cambios naturales de nuestro planeta a lo largo de millones de años de eras geológicas. Hace apenas un poco más de treinta años ingresé a una facultad universitaria, en el Imperial College of Science and Technology, para investigar la historia de la Tierra. Se trataba de una escuela donde se entrenaba a una minoría selecta para trabajar en las industrias extractoras y, como la mayoría de mis colegas, yo era consultor de la industria petrolera alrededor del mundo, a la vez que entrenaba a quienes serían su fuerza laboral en el futuro.
Poco imaginaba que un día consideraría que dicho pasado es algo para lamentar, y que la industria petrolera es un negocio que se prepara para embargar el futuro de la civilización. Una parte de mis investigaciones tenía que ver con el tipo de rocas de donde proviene el petróleo, y otra consistía en la historia de los océanos. Mientras más descubrimientos hacía en el curso de dichas investigaciones oceánicas, más percibía lo frágil y lo fundamentalmente cambiable que es nuestro planeta.
En la década de los años 80, un número creciente de científicos comenzó a preocuparse de que la quema de combustibles fósiles como el petróleo, el carbón y el gas, desestabilizaría el clima global relativamente tranquilo que la humanidad ha disfrutado durante la evolución de la civilización. Al quemar dichos combustibles, ya sea en centrales eléctricas, automóviles, aviones o edificios, se producen gases de efecto invernadero. Estos gases retienen el calor dentro de la delgada atmósfera terrestre. En esa época me fue permitido dictar unas pocas conferencias para darles a conocer a los estudiantes el problema del efecto invernadero. Eran llamadas por mis colegas del departamento “las clases de estudios liberales del Profesor Leggett”.
Los tiempos cambian: al menos en cuanto a la percepción de los problemas globales, aunque no haya un cambio para enfrentarlos. Hoy en día, creer que podemos continuar vertiendo miles de millones de toneladas de gases radioactivos dentro de nuestra delgada atmósfera cada año sin causar un daño considerable, es un poco semejante a creer que la Tierra es plana.
Son muchas las maneras como podríamos detener las emisiones de gases de efecto invernadero si quisiéramos hacerlo colectivamente y con seriedad. La mayoría de ellas tiene que ver con la forma como usamos la energía, ya que la quema de combustibles fósiles puede reemplazarse con una numerosa familia de fuentes de energía renovable, además de la eficiencia energética y la conservación de la energía. En 1989, me retiré del mundo universitario para unirme a la campaña de Greenpeace a favor del cambio hacia una energía limpia y eficiente.
Luego de siete años de cabildeo en y alrededor de las negociaciones internacionales sobre el clima, y de duras lecciones en la que algunos llamarían realpolitik, me convencí de que los gobiernos oponen una fuerte resistencia antes de hacer un llamado a una repuesta colectiva significativa hacia el cambio climático.
Podía ver algunas señales de responsabilidad corporativa potencialmente valiosa, pero eran muy pocas y avanzaban muy lentamente. Decidí, entonces, hacer un intento para establecer mi propio microcosmos de esperanza en el mundo de los negocios.
Fundé una pequeña compañía para intentar instalar, en edificios, tanta energía solar como fuera posible. No lo hice porque considerara que la energía solar es la panacea. Es sólo un miembro de una gran familia de soluciones, nada más y nada menos. Pero es una solución particularmente ingeniosa, y además un poco mágica. Al igual que muchos otros partidarios de la energía solar, creo que puede ser el pilar del suministro de energía en una sociedad futura, donde la cordura nos permita sobrevivir. A la compañía le puse por nombre Solar Century (Siglo Solar), porque eso es lo que pienso que debe ser el siglo XXI. Hoy en día es la empresa privada de energía de más rápido crecimiento de las de su clase en el Reino Unido; una pequeña parte de un mercado global de $50 mil millones de libras al año.
Los inversionistas de Silicon Valley reconocen 50 familias de interesantes tecnologías de energía limpia. Muchas de estas familias están creciendo rápidamente. Una revolución industrial verde era viable aun antes del comienzo de la presidencia de Obama. Si se mantiene fiel a su visión, estará trabajando con el filón.
En la década de los años 90, los científicos empezaron a hablar del pico del petróleo casi en la misma forma en que habían empezado a hablar del cambio climático en los años 80. La industria global de petróleo y gas pronto se verá en dificultades para suplir la demanda de sus productos manifiestamente limitados, dijeron. Un número creciente de personas dentro y alrededor de la industria del petróleo está advirtiendo ahora que la producción está cerca a su pico y está en peligro de empezar a declinar próximamente.
Todavía hay muchos que refutan este análisis del pico del petróleo, pero entre estos escépticos hay muchos que sí aceptan que la era del petróleo fácil ha terminado y/o que la actual geopolítica de las reservas de petróleo y gas hace que la mayoría de las naciones enfrente profundas amenazas en su seguridad energética. Mayor razón de peso, entonces, para “convertirnos a la energía solar” y tomar la vía rápida hacia todas las demás tecnologías de la revolución industrial verde.
Veamos también las implicaciones para el empleo. Las industrias que funcionan con energía verde tienden a emplear mayor mano de obra que las industrias a base de combustibles fósiles, las cuales nos han llevado por tan mal camino. Un mega vatio de capacidad eléctrica producido por energía solar, por ejemplo, requiere entre 7 y 11 personas, comparado con una persona que se requiere si la electricidad proviene de combustibles fósiles.
Esto significa que mientras los gobiernos y las empresas invierten para tratar de reconstruir las ruinas económicas ocasionadas por los banqueros fuera de control, crearán muchos más empleos que si solamente reconstruyen el fracasado (y medioambientalmente ruinoso) statu quo energético.
Con estos antecedentes, espero se me perdone por escuchar al Señor Obama y pensar “Vive Le Revolution”.
*Jeremy Leggett es presidente de la compañía Solar Century y de la organización benéfica Solar Aid. Es el autor del libro Half Gone: Oil, Gas, Hot Air and the Global Energy Crisis / Medio Consumido: Petróleo, Gas, Aire Caliente y la Crisis Energética Global.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Se Acabo El Mercado

Lo dijo el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz: la crisis financiera es para el capitalismo lo que fue el desplome del muro de Berlín para el comunismo. Bastaron diez días para dinamitar las ideas que los capitalistas hirsutos habían encumbrado como verdades teológicas: el mercado debe comandar la economía; mientras más pequeño el Estado, mucho mejor; nada de nacionalizaciones; nada de subsidios a la cultura, la educación ni la salud; toda entidad pública rentable debe privatizarse; la corrupción es patrimonio del sector público; si los ricos se enriquecen, se enriquece el país.Ahora, con los porrazos que se han dado las empresas hipotecarias, las financieras, los bancos y finalmente todo Wall Street, asistimos a una milagrosa conversión: los profetas que se desgarraban la camisa por cualquier intromisión gubernamental en la empresa privada besan la mano del Estado para que los salve de la debacle. Y el gobierno del país más adicto al libertinaje del mercado, Estados Unidos, ha gastado un billón de dólares del erario en rescatar compañías particulares que, por codicia, ineptitud, a veces corrupción y casi siempre laxa regulación, se hundieron al estallar la burbuja del ladrillo. ¿Quién está salvando a los pomposos capitalistas? Los humildes ciudadanos. En promedio, a cada contribuyente gringo -niño, anciano, monja, desempleado- le costará más de 3.000 dólares la hecatombe del mercado.Los ciudadanos son los grandes perdedores de la crisis. Pero hay otros:El Estado neoliberal- A ver quién se atreve ahora a criticar la intervención del Estado y pregonar que el mercado debe ser supremo regulador de la economía.El sector privado- Muchas torpezas y podredumbres que se achacan al sector público -a menudo con razón- intoxican también al sector privado. Este puede provocar desastres tan grandes que solo los arregle la presencia munífica del Estado. Los neoliberales siempre exigieron reformar el sector público. ¿Se negarán a aceptar también profundas reformas en el privado?Los cacaos- Algunos grandes gerentes, como Richard Fuld, de Lehman Brothers, ganaban hasta 17.000 dólares por hora (suma igual a la que perciben en un mes 73 trabajadores colombianos con salario mínimo); aún así, quebraron las compañías. En adelante, el sistema empresarial deberá comprometer el dinero de los administradores con avales o garantías. Los causantes de estropicios no pueden retirarse tranquilamente a jugar golf y vivir de la renta.Los yupis- La soberbia de cientos de jovencitos sabihondos y sobrados, supuestamente especialistas en ordeñar capitales ajenos, es otra causa del desplome. Tuvieron más codicia que visión y tomaron decisiones funestas.Alan Greenspan- Máximo sacerdote del capitalismo y oientador durante años de la política económica estadounidense, Greenspan no vio el abismo cercano y hacia allí condujo la economía occidental.John McCain- Aseguraba el heredero republicano de George W. Bush, al surgir la crisis, que la economía estaba 'fundamentalmente fuerte'. ¿Qué dirá ahora, ante las ruinas del sistema? ¿Insistirá en vender a los electores el neoliberalismo sin vigilancia que forjó Ronald Reagan, otro prócer que aparece con graves deudas de ultratumba?El capitalismo cerrero acabó violando sus más esenciales principios. Solo le faltaba pedir ayuda a un régimen comunista. Y acaba de hacerlo: la quebrantada financiera Morgan Stanley espera que el gobierno chino la salve con una transfusión de dinero fresco. Confío en que el espectáculo de la agonía de Fannie Mae, Freddie Mac, Lehman, AIG y Merrill Lynch sirva de ejemplo a nuestros neoliberales domésticos. Señores: ¡el mercado (tal como lo conocemos) se acabó!ESQUIRLAS-1) Los encapuchados al menos sirvieron para que la palabra 'universidad' se oyera en el Capitolio. 2) Lo temíamos: rescatada (afortunadamente) Ingrid Betancourt, los demás secuestrados cayeron en el más cruel olvido.

Un Aplauso

Un aplauso. Está muy bien que por fin los más altos representantes del Estado empiecen a reconocer lo que desde hace decenios un general tras otro, un ministro de Defensa tras otro, un presidente tras otro, han negado en redondo: que las Fuerzas Armadas cometen excesos. Torturas. Detenciones que terminan en la desaparición de los detenidos. Ejecuciones extrajudiciales. Crímenes de guerra. Hay que felicitar al presidente Uribe, al ministro Santos, al general Padilla, por su decisión de pasar a retiro a tres generales y siete coroneles (y otros tres más hace ocho días), más una docena de oficiales y suboficiales de menor rango, por los infames "falsos positivos" con decenas de muertos denunciados en las últimas semanas.
Está muy bien que se empiece a limpiar el Ejército (y la Policía, y el DAS), y ya iba siendo hora: sólo falta un año para que venza la reserva de siete que establecieron al alimón el presidente saliente Andrés Pastrana y el entrante Álvaro Uribe ante la Corte Penal Internacional, blindando al Estado colombiano frente a las responsabilidades por crímenes de guerra durante el tiempo que según su cálculo optimista tomaría derrotar a la subversión en Colombia.Está muy bien que los crímenes se reconozcan. Y que se acepte por primera vez que no se trata de actos aislados de "elementos descorregidos", de "manzanas podridas", de "ovejas negras" que no entrañan responsabilidad institucional ni política de sus superiores, sino que, por el contrario, la comprometen tanto por omisión como por acción. Pero la necesaria limpieza del Ejército, de la Armada, de la Fuerza Aérea, de la Policía, del DAS, de todos los organismos secretos del Estado, habrá que repetirla una y otra vez, indefinidamente, mientras no cambien de verdad las convicciones profundas de los militares que hacen la guerra y de los civiles que la ordenan desde el poder político. La convicción profunda, reforzada además por el adiestramiento y el ejemplo recibidos de los Estados Unidos, de que todo vale en la guerra contra la subversión, hoy llamada narcoterrorista; ayer, comunista; antier, bandolera. De que valen el asesinato y la tortura, la desaparición forzada, la expulsión, porque el enemigo no merece respeto.Todo vale porque la vida no vale nada. La de los demás: esos, literalmente, desechables que constituyen el grueso del pueblo colombiano (y que hay que distinguir, claro, de los llamados "colombianos de bien"). Los desechables se pueden desechar. Usar y tirar. Eliminar cuando ya no sirven. Intercambiar. Pueden ser usados indiferentemente como guerrilleros o como paramilitares, como sicarios de la mafia o como mensajeros de moto o como desempleados o como subempleados o como reinsertados o como votantes cautivos o como víctimas de los "falsos positivos militares". Su vida real no importa, salvo desde el ángulo de la estadística. Por eso puede el coronel Plazas Vega, aquel que "defendía la democracia, maestro", decir que los cadáveres de los desaparecidos de la cafetería del Palacio de Justicia están donde no están, y tiene que salir Medicina Legal a desmentirlo. Ah, ¿eran otros muertos? Da lo mismo.Para saber si los pases a retiro de unos cuantos oficiales significan que de verdad está cambiando esa convicción profunda de que hablo hay que ver si son seguidos de algo más: de juicios, de condenas. Pues la desaparición forzada, que trabajosamente fue por fin tipificada como delito en el año 2000, no ha tenido en los siete años transcurridos desde entonces ningún acusado, ningún procesado, ningún condenado, pese a que sigue afectando a unas quinientas personas cada año. Y la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada, firmada por el gobierno de Colombia en septiembre de 2007, no ha sido ratificada todavía. Y en la discusión que se adelanta en el Congreso sobre la Ley de Víctimas, el gobierno y sus parlamentarios leales se rehúsan obstinadamente a reconocer como víctimas del conflicto (y a reconocer que hay conflicto) a las que lo hayan sido de los agentes del Estado: soldados, policías, detectives del DAS. Como si no existieran.Todavía falta, pues. Y no sólo porque la lucha por la verdad y la justicia sea una lucha interminable que nunca se puede dar por ganada del todo, sino porque el reconocimiento hecho esta semana por los más altos representantes del Estado sobre sus culpas parece insuficiente todavía, apenas de labios para afuera. Así, al presidente Álvaro Uribe se le escaparon dos expresiones reveladoras al hacerlo. Una fue la de que los desaparecidos habían sido "ajusticiados" por el Ejército. La otra, la de que con sus masacres, de Guaitarilla a Soacha, los militares "nos hacen quedar mal". "¿''Ajusticiados" los asesinados? ¿Y simplemente "queda mal" quien secuestra a alguien para matarlo y presentar su cadáver como un "positivo"? En los dos casos, las palabras del Presidente se quedaron algo cortas.Pero bueno: es un comienzo. Que sigan por ahí. Y, de nuevo, un aplauso.

Fallas, Lunares, Orejas

Por: Héctor Abad Faciolince
LAS PALABRAS QUE ESCOGEMOS PARA hablar sobre cualquier asunto no son neutras ni son siempre inocentes. Al usar una expresión en vez de otra, lo que estamos revelando es una actitud mental, bien sea de censura, de complacencia, o bien, como en el caso que voy a analizar, un intento por disminuir y casi minimizar la gravedad de los hechos.
La revista Semana, en su edición virtual, señala que el presidente Uribe les dio “otro jalón de orejas a los militares”. El ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, habló de “lunares” que no manchan por entero a la institución militar. Y el ministro de Justicia, Fabio Valencia Cossio, declaró que hubo “fallas cometidas por algunos miembros de la Fuerza Pública”.
“Fallas, jalón de orejas, lunares”, esas son las expresiones que se usan. Tengan en cuenta que, en los tres casos, estamos hablando de crímenes atroces, es decir, de la desaparición, y posterior asesinato, de algunos jóvenes inocentes de Soacha y otras poblaciones o barrios pobres del país. Pero el lenguaje que emplean para comentar el castigo a semejantes crímenes, es el mismo que usaríamos para reprender, casi con simpatía, la indisciplina o las picardías de un grupo de niños en la escuela: jalarle las orejas por sus fallas a uno de los lunares de la clase.
Naturalmente la purga de 27 oficiales y suboficiales es mucho más que un “jalón de orejas”, es una echada del colegio. Pero aunque la medida le dé una buena señal al Ejército, es insuficiente. Ante todo, no sabemos si todos los oficiales destituidos están implicados en esta masacre de jóvenes, o si entre ellos se aprovecha la ocasión para sacar oficiales por otros motivos inconfesables; se debería decir con claridad cuáles de estos militares, y en qué medida, están involucrados en el plan macabro (estilo neo-nazi) de “limpiar” los barrios de drogadictos, homosexuales, retrasados mentales o simples inconformes, mediante la carambola a dos bandas de engañarlos, alejarlos del sitio, y luego presentarlos como subversivos muertos en combate.
Esto es atroz y no se resuelve con una simple destitución de militares. Habría que revelar la verdad completa de los llamados “falsos positivos” (otro eufemismo del lenguaje para no hablar de terrorismo estatal), pedirle perdón a todo el país, y reparar a las víctimas (y cuanto antes, no dentro de quince años cuando lo ordene la Comisión de Derechos Humanos de la OEA). Está bien que Uribe, al fin, les hable duro a los militares, la institución más mimada y mejor financiada durante sus dos gobiernos, y que destituya a unos cuantos.
Pero debería al mismo tiempo, como señalaba Rodrigo Uprimny en estas mismas páginas, comprometerse también con el apoyo al proyecto de ley que busca dar reparación a las víctimas de los agentes del Estado. Es imperdonable que el Gobierno se oponga a una medida que es obvia en un país donde muchas veces ha sido el Ejército (en alianza con los grupos paramilitares, o con los narcos) el que ha cometido actos de una sevicia inaceptable contra la población civil.
Cuando salieron a relucir los falsos positivos de Soacha, el Gobierno quiso tapar el escándalo inflando en los medios el crimen de un niño secuestrado y asesinado por su padre. Antes, cuando el Polo citó al ministro Santos para un debate sobre el premio a los militares por matar falsos subversivos, hace años, se dijo que esas denuncias no eran más que calumnias de la oposición. Ahora resulta que no lo eran; las calumnias acabaron siendo verdades, y los falsos positivos deberían tener otro nombre: crímenes atroces más que homicidios simples. Ahora todos los ciudadanos tendremos que responder, con los impuestos, para pagar millonarias y justas indemnizaciones a las víctimas. Ojalá los militares implicados participen también con su patrimonio. Y ojalá estas destituciones no se queden en mera propaganda, “jalones de orejas, fallas menores y pequeños lunares” de una institución intocable y ejemplar.